sábado, 27 de noviembre de 2010

ENSAYO PARA UNA ISLA INCIERTA VI


La isla entre la bruma amanece de amarillo, todo se divide bajo el índice solar. El canto de los pájaros madrugadores revienta su jolgorio y se esparce desde el pajonal, hasta las orillas.

Él camina por la casa, prepara desayuno. Lo veo circular entre las cosas con una facilidad que me sorprende, casi como si apenas las rozara, me da la sensación de que esto también le ocurre con la vida misma. Pero algo no coincide, algo ronda en su corazón, es más, hay una muesca que se traba, algo no permite el fluir.

¿Acaso este oficio de restaurar, de saber como funciona la fragilidad de la miseria humana, el despojo del alma, el dolor que se transforma en enloquecimiento, porque resulta imposible brincarlo, lo ha transformado? … veo cruzar sombras oscuras por su frente y su risa linda se apaga despacito.

Una vez más me descentra con esa ternura de ofrecerme trocitos de pan, no estoy acostumbrada a comer de ese modo. (pienso, en como se me harían necesarias esas amabilidades y el sólo hecho de perderlas me lastimaría), pongo distancia…y ahora compruebo, al recordarlo, que no puse la suficiente.

Caminamos por la isla, nos internamos, al borde del pajonal, me muestra el sello de una pezuña de ciervo rojo, viven escondidos entre la floresta y el humedal, a veces cruzan los senderos; esos que se le han robado al bosque y que prontamente si no son traficados, se pierden sumergidos entre la vegetación, que se asemeja a un ser vivo, parece respirar y extender sus verdes dedos, avanzando voraz segundo tras segundo, imperturbable al machete que intenta ganar terreno.

Rodeamos la isla, me regala una pluma de pavita de monte,es lo único que conservo, como prueba tangible de lo vivido, y tal vez sea ella, la que me permite escribir esta realidad sin que la invente como un sueño.

En un extremo de la isla me muestra, un naranjo, y dice:

_Ese es tu naranjo, oye, _

y lo señala. Es un naranjo que persiste y antes de venir, me ha hablado de él como si ese fuese “mi naranjo”, y así lo había sentido, pero el tiempo vuela y no puedo acercarme, apenas diviso lo que habrían sido las hojas y los brotes de “mi naranjo”.

(La hoja de copihue que recogí en la mañana, para Él antes de partir al aeropuerto, y que le mostré como lo más importante que traía para obsequiarle sigue intacta en mi agenda de borrador. Comprimir mil años en un segundo es imposible.)

Mis ojos se detienen en su tatuaje de la cruz de Euskadi, se supone que es el poder del sol , contra las tinieblas, desearía besarlo, pero me detengo.

Le sigo como lo hacen las mujeres de mi pueblo arriba, allá en Lonquimay, mirando sus talones. Soberanía agazapada, soy la protectora de la vida, lo disimulo, me sé Matriarca.

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