jueves, 25 de noviembre de 2010

ENSAYO PARA UNA ISLA INCIERTA III


Él existe, ya no es el héroe, no es el príncipe que cayó tendido de cara al polvo, llorado por un padre y un pueblo enloquecido.

Ahora es el dueño de los vientos, de la estrella loca despeinada, es el reparador de brújulas, el restaurador de mecanismos inconexos.

Estamos dentro del agua, al lado de los juncales, él alza su mano y saluda al hombre triste de la embarcación que cruza, levantando un suave oleaje, el hombre repite el gesto como al revés de un espejo, me comenta:

“- es el hombre que perdió a su nieto en el río-”

lo miro hasta que se pierde tras la curva y pienso en una piedra, en un quedarse de piedra con el corazón roto, debo hacer un gran esfuerzo para volver a la realidad.

El agua desliza su rastro de sigilo luminoso sobre sus hombros morenos. Pequeños peces besan mis tobillos, me acerco hasta que su boca, roza mis labios, sonríe o tal vez lo imagino, sus ojos son la comarca del musgo donde mi corazón permanece atolondrado, repitiendo con fascinación el ritmo de antaño, atrapado el día noveno del mes de octubre desprendido del calendario de 1968.

Me retiro voy con la opulencia de una gota de oro a punto de desbordarse, doliéndome placentera y hundo mi rostro en el agua sombría.

Sabina surge desde un transistor, tal vez de la orilla opuesta:

…”como quien viaja a bordo

de un barco enloquecido,

que viene de la noche y va a ninguna parte,

así mis pies descienden la cuesta del olvido

fatigados de tanto andar sin encontrarte…”

Uno de los perros lame mi mejilla. No fui la hija del rey de Tebas.


continuará....

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